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Sexo en Familia |
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Enviado por Luciana luz el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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A mis veinte añitos estaba viviendo el desarraigo propio de los estudiantes que dejan su ciudad natal, aunque en mi caso particular la distancia no era demasiado considerada (desde mi “Azul” hasta La Plata) y por otro lado estaba experimentando un largo período de abstinencia sexual, debido a mi condición de lesbiana “ciento por ciento” (hace una década atrás era bastante difícil la cosa; hoy en día en cambio me resulta facilísimo encontrar con quien satisfacerme).
Mi hermana mayor, recientemente casada, siempre se preocupó y se ocupó (aún hoy lo sigue haciendo) del bienestar familiar y fue ella precisamente quien captó, a través seguramente del timbre de mi voz en una de las tantas conversaciones telefónicas, mí no del todo buen estado de ánimo y rápidamente tomó cartas en el asunto.
“Este fin de semana nos quedamos sin hombres en la casa (mi padre y mi cuñado), así que vení y hacenos compañía”
Me dijo y por supuesto yo acepté inmediatamente su invitación, así que ese mismo sábado por la mañana, ya estaba paseando por las calles de mi entrañable “Azul”, junto con mi mamá y mi hermana; inclusive en un determinado momento vinieron a mí los recuerdo de la época de mi adolescencia y llegué hasta visualizar esas salidas entre las tres, tomadas del brazo y aferradas a un fortísimo vínculo, que nos había mantenido unidades desde siempre y aún lo seguía haciendo.
Ese mismo sábado por la noche, cenamos temprano y mi hermana enseguida se comunicó con su esposo, para decirle que se quedaría a dormir en casa de nuestra madre; obviamente tanto ella como mamá se habían dado cuenta, por esa tremenda capacidad de tolerancia y de comprensión, propia de las personas que ven mucho más allá de sus ojos y que tienen sus mentes y sus corazones abiertos y generosos, que yo estaba urgida sexualmente, ardiendo por dentro y con unos deseos tremendos de coger.
Después de un ligero baño, nos fuimos las tres a la habitación de nuestra madre, nos desnudamos por completo y nos recostamos sobre la cama; mi mamá y mi hermana sabían que con solo apoyar sus manos en mi concha yo iría a explotar, así que comenzamos a toquetearnos suavemente y a acariciarnos, para que a través del contacto físico “piel con piel”, empezáramos a excitarnos.
Siempre que cogíamos entre las tres, ambas hermanas nos ubicábamos a los costados de mamá, pero en esta ocasión, como la “homenajeada” era yo, me pusieron al medio y enseguida comenzaron a besarme las tetas, a lamerme los pezones y las areolas, algo que me hacía retorcer de placer, hasta que las dos empezaron a succionar como si yo les estuviese “dando de mamar” y solamente se detenían para mirarse a los ojos, sonreírse y aprovechar esa cercanía para besarse en la boca.
El ver a mamá y a mi hermana “comerse” las bocas a besos de esa manera, me producía una tremenda excitación y como siempre sostuve que nunca nadie en toda mi vida, me besó en la boca como lo hacía mi madre, ya que ninguna persona me hizo sentir lo mismo que sentía cada vez que ella me besaba, las interrumpí para reclamar su boca y sus besos.
Besar a mi madre era una delicia para mi ser y me llenaba por completo; mi hermana lo sabía y por eso se aprovechó de la situación para bajar hasta mi concha y comenzar a chupármela, con tiernas lamidas al principio, pero con fuerza y ahínco después y, como no podía ser de otra manera, a raíz de mi largo período de abstinencia, mi amada hermana tuvo su premio y obtuvo lo mejor de mí, es decir una “catarata de jugos vaginales”, seguramente de los más sabrosos y deliciosos.
Mis gritos de descarga, de gozo, de placer y de una enorme satisfacción, fueron de tal magnitud que no me extrañaría si alguno de los vecinos hubiese alcanzado a oírlos, pero yo no estaba dispuesta a reprimir absolutamente nada; después de esa maravillosa “chupada de concha” que me había hecho mi hermana y a sabiendas de lo mucho que me gustaba su precioso y enorme culo, me lo ofreció generosamente, poniéndose en la posición “del perrito”, pero apoyando su cabeza y su torso contra la cama, para que cola quedaba bien alta y parada.
Yo me arrodillé frente a ese maravilloso culo que mi hermana ya contaba con él desde la pre-adolescencia y entreabrí un poco las rodillas, porque mi madre se recostó debajo de mí, ubicando su cara justo debajo de mi concha, obviamente para lamérmela y chupármela, mientras yo me entretenía con la “colita” de mi hermana, besando, acariciando y mordiendo inclusive sus glúteos, duros pero por demás sabrosos y apetitosos.
Debido a la posición en la que se encontraba mi hermana, yo podía lamerle íntegramente su “raja”, desde abajo hacia arriba y viceversa, pero también podía chuparle todo el ano y la concha y con las tremendas ganas que tenía de hacerlo, se imaginarán los gritos que pegaba mi amada hermana.
A todo esto, mi madre sabía también que yo soy multi-orgásmica, así que también ella se esmeró en comerme la concha y por supuesto, también al igual que mi hermana, tuvo su premio sólo que en esta ocasión, al mirar yo hacia abajo, me encontré con su cara total y completamente empapada con una de mis mejores acabadas; ello me excitó de tal forma que dejé un instante el hermoso culo de mi hermana, para lamer furiosamente el rostro de mamá y besarla en la boca, compartiendo así los sabores de mi concha.
Después de ese momento tan excitante, volví al culo de mi hermana y también se acopló mamá, así que rápidamente los gritos y alaridos en este caso, partieron de la boca que mi queridísima hermana mayor, quien luego de desparramar sobre la cama su delicioso “néctar”, se acopló a mí para comerle entre ambas, la concha a nuestra madre y hacerla acabar “a rabiar”.
Por supuesto esa noche no iría a terminar allí ni mucho menos, ya que estuvimos horas enteras cogiendo en las diversas formas y posiciones, incluyendo una de las que más me gusta, cual es apoyando “concha contra concha”, para que los respectivos “clítoris”, a punto de estallar, se “froten” entre sí y cuando ya habíamos sacado todo de cada una de nosotras, particularmente de mí por haber estado tan urgida, nos quedamos recostadas sobre la cama, abrazadas y acariciándonos y besándonos amorosamente.
“Padres cogiendo con sus hijos, hijos cogiendo con sus padres, hermanos cogiendo entre sí... Qué distinto sería el mundo si ello ocurriese”.
Susurró mi hermana y mi mamá respondió:
“¡Sí! ¡Es cierto! Pero el mundo aún no está preparado para semejante apertura; para eso se necesita un cambio de mentalidad muy grande”
“Si supieran y entendieran que es algo tan lindo, tan natural; que no tiene absolutamente nada de malo, de perverso, de degeneramiento, tal como seguramente suponen y declaman los detractores retrógrados de siempre”
Volvió a susurrar mi hermana para posteriormente, confundirnos las tres en un beso con tanta ternura, tanto amor y tanto cariño, prueba fehaciente que tanto para nosotras tres como para muchísima gente, cada vez más por suerte, el “Incesto” y el “sexo entre hermanos”, es una de las prácticas más maravillosas y enriquecedoras de este mundo y vuelve a las personas, más comprensivas, tolerantes y “humanas”. |
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Escribile un e-mail al autor: lucianaluzcomodoro@yahoo.com.ar |
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