![]() |
Mi amada Hermana |
|
Enviado por Luciana Luz el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
||
Tenía veintitrés años de edad, recién “recibida” y estaba dando mis primeros pasos aquí en Comodoro Rivadavia, la ciudad que adopté para desarrollar mis actividades de índole laboral; había alquilado un departamento (hoy ya tengo casa propia) y mis días transcurrían abriéndome camino en un lugar completamente diferente a mi Azul natal y a aquella La Plata, que había elegido para cursar mis estudios.
Los primeros tiempos fueron bastante duros, pero me sirvieron y mucho para crecer como persona y también dentro del ámbito profesional; extrañaba a horrores a mi familia y añoraba sobre todo a mis amistades y a mi “habitat” y si bien mi trabajo me insumía la mayor parte del día, las horas libres, a veces, se me hacían interminables, particularmente porque aún tenía muy pocos conocidos en esta ciudad, con quienes departir mis momentos de ocio.
Dentro de ese contexto, un día, recibí tal vez la visita más inesperada pero la más agradable y quizás la más añorada por mí; nada más y nada menos que mi querida, mi adorada y me animo a afirmar sin lugar a dudas, mi amada hermana mayor, quien por aquel entonces contaba con veintiséis años.
-¿Qué hacés acá?
Le pregunté apenas la vi en casa mientras mi cara reflejaba alegría, llanto, sorpresa y un sin número de estados de ánimo, producto de aquella por demás agradable y grata visita.
-¡Te vine a ver! ¡Vine a visitar a mi chiquita! ¡A mi hermanita menor!
Exclamó mi hermana entre risas y sollozos y después de interminables abrazos, me contó que se trataba de un viaje “relámpago” e imprevisto, producto de que mi cuñado (su esposo obviamente), había ido con mis dos sobrinos a un campamento recreativo y ella entonces decidió venir a Comodoro Rivadavia, para verme aunque más no fuera ese fin de semana.
Habían pasado más de seis meses desde la última vez que habíamos estado juntas (en Azul, cuando yo fui para las vacaciones), pero para nosotras, que habíamos sido poco menos que inseparables hasta que yo decidí irme a estudiar a La Plata, ese lapso de tiempo nos parecía mucho más prolongado, sobre todo teniendo en cuenta que mi hermana y yo, teníamos un fortísimo vínculo afectivo, producto de aquellas relaciones sexuales que habíamos mantenido durante tanto tiempo, conjuntamente con nuestra madre.
El departamento que yo alquilaba por aquel entonces era un “mono-ambiente”, que tenía escaso mobiliario, entre ellos una mesa, un par de sillas y separada por un mueble (para no estar a la vista), la cama y el televisor, así que para estar más cómodas y poder ponernos más o menos al día con todas las novedades que teníamos para contarnos, nos recostamos sobre la cama.
Después de una interminable charla y de mezclar risas y carcajadas con sollozos y llantos de alegría, se produjo un silencio entre nosotras en el que nos miramos a los ojos, viendo reflejado en ellos, todo el cariño, el afecto y el amor que nos tuvimos desde siempre y manteníamos aún, a pesar de la distancia y de los cambios que habían ocurrido en cada una de nuestras vidas.
Como no podía ser de otra manera, entre caricias y abrazos, fuimos acercando nuestras bocas hasta que nuestros labios hicieron contacto entre sí y nos fundimos en un interminable y apasionado beso; mi hermana mayor y yo nos seguíamos queriendo, nos seguíamos amando y aún estaba viva dentro de nosotras, esa llama ardiente, ese deseo sexual que sentíamos la una por la otra y que nuestra madre nos había inculcado desde muy pequeñas.
Excitadas al máximo y yo además con una prolongada etapa de “sequía” en materia de sexo, nos arrancamos literalmente las ropas y una vez desnudas, comenzamos a toquetearnos, a manosearnos, a besarnos, a lamernos y a chuparnos; besos por doquier, chupones en las tetas y manos buscando incesantemente tocar indistintamente nuestras conchas y culos, eran en fiel reflejo de la desesperación que teníamos por amarnos.
-¡Ah! No sabés como necesitaba esto.
Exclamó mi hermana.
-¿Vos? ¡Y yo ni te cuento!
Le respondí mientras mordía uno de sus pezones y le acariciaba su monte de venus y aquello fue lo último que pronunciamos; de allí en más solamente se escucharon gemidos y jadeos de placer y el obvio sonido de los chupones.
Mi hermana me pidió, en un momento, que me pusiera encima de ella y dejara colgando mis enormes tetas sobre su cara; eso le había gustado desde que éramos chicas, porque mis tetas doblaban prácticamente a las de ella en tamaño, entonces yo las bamboleaba sobre su rostro y mi hermana jugaba, tal sortija, a pescarlas y metérselas en su boca, para succionar fuertemente mis pezones.
Una vez que mi hermana sació en parte su sed de mis tetas (dicho en buen criollo me las chupó hasta dejarlas enrojecidas) y a sabiendas de lo que yo seguramente querría, antes de que se lo pidiera, se dio vuelta y me ofreció su precioso culo; tal vez fuese porque el mío no es del todo tan lindo como yo quisiera (más bien chato), pero sobre todo porque el suyo fue perfecto desde que ella era apenas una insipiente párvula, el culo de mi hermana siempre fue para mí algo así como un cuadro, una escultura, la frutilla del postre.
Hundí mi cara entre esas hermosísimas nalgas y besé, lamí, toqueteé y manoseé ese bellísimo culo que yo literalmente amaba y en determinado momento, separé sus “cantos” y comencé a introducir mi lengua y la yema de mis dedos dentro de ese rosado y fabuloso ano; era tanto lo que me gustaba ese culo, que nada de lo que hacía podía calmar esa enorme sed, tan enorme como la mismísima cola de mi hermana.
Después de un buen rato y al borde ambas de explotar, empezamos a chupar nuestras jugosas conchas, ella primero la mía y yo la suya con posterioridad; tal vez mi cuñado habría pasado su lengua por esa privilegiada cavidad, pero yo lo había hecho con anterioridad y seguramente en muchísimas más ocasiones, así que en ese instante sentí que la concha de mi hermana me pertenecía más a mí que a él.
Mi hermana ya estaba derramando sus jugos sobre mi boca pero su clítoris se había puesto de tal forma que ni loca dejaría de chuparlo, de besarlo y de lamerlo, así que seguí comiendo esa sabrosa y apetitosa concha, hasta que ambas ya presas de una excitación, una calentura, un fuego y una pasión indescriptibles, decidimos ponernos enfrentadas, apoyar nuestras conchas una contra la otra y empezar a coger concha con concha desaforadamente.
Después de gritos y alaridos de incontenible placer (soy muy gritona) comencé a acabar cual cascada y lo mismo hizo mi hermosa y adorada hermana mayor, hasta que ambas nos derramos encima hasta la última de nuestras gotas de néctar; después de esa asombrosa cogida, permanecimos un rato más hechas un ovillo, abrazándonos y besándonos apasionadamente, haciendo realidad aquello de “el amor después del amor”.
Al cabo de un buen rato, nos dimos una rápida ducha (juntas obviamente) y salimos a recorrer la ciudad, a cenar y después otra vez a casa a dormir ¿dormir? Por supuesto que no, cogimos y volvimos a coger una y otra vez y lo hicimos prácticamente todo aquel fin de semana, pero ello no entra en un solo relato, así que será hasta alguna otra ocasión. |
||
Escribile un e-mail al autor: lucianaluzcomodoro@yahoo.com.ar |
||
| HOME | ESCORTS | GALERIAS | RELATOS | NOTAS | PUBLICIDAD | SUBSCRIPCION |
| Menu de navegación: Escorts Barcelona - Escorts Madrid - Escorts Zaragoza - Acompañantes Barcelona - Acompañantes Madrid - Acompañantes Zaragoza | |||||||
| Home | Escorts | Secciones |
|
||||
